Una de las consecuencias más agudas y duraderas de nuestra confrontación armada interna ha sido el fenómeno del desplazamiento forzado de personas. Y lo es por su cantidad y su calidad. Hoy es consenso entre la mayoría de los analistas sociales y políticos que fue utilizado como una estrategia por parte de muchos actores y no fue solamente un efecto indeseado.
Se forzó el desplazamiento interno para producir el efecto de “quitar el agua al pez”, lo que significó enormes extensiones del territorio absolutamente desoladas e improductivas. El ejemplo son muchos parajes rurales del Oriente Antioqueño en municipios como San Rafael y San Carlos. Allí, bien por la expulsión directa y la amenaza, o bien porque se siembran los campos con minas antipersonales, los pobladores tuvieron que irse con poco o nada hacia las cabeceras urbanas y dejar la vida a jirones en el trayecto.
Pero también, gracias al desplazamiento forzado se profundizó una tremenda contrarreforma agraria que, a contra pelo de la historia y las necesidades del país, concentró más aún la propiedad de la tierra, en lugar de democratizarla y distribuirla. Fue un arma perversa para garantizar que extensiones enormes de tierra pudieran cambiar de vocación agrícola, dedicándose a la producción agro-industrial y el monocultivo, desalojando los molestos pequeños productores rurales. Ha sido utilizado, tanto para promover la siembra de cultivos de uso ilícitos como para su erradicación. Grupos de narcos han obligado a campesinos a salir de sus tierras bajo la amenaza de “sembrar coca o amapola o desocupar”. Y, en otro sentido, también del Estado ha desplazado al ejecutar políticas como la fumigación aérea.
El desplazamiento forzado es así, por distintas vías y con diversos grados, responsabilidad de grupos armados ilegales (paramilitares, guerrilleros y narcos), de grupos de empresarios con dudosa calificación ética y del Estado mismo.
La sociedad colombiana hace bien en tomarse en serio estas problemáticas y volverlas motivo de estudio y reflexión. Por esa razón el Centro de Fe y Culturas se ha sumado a la jornada “Destierro y Reparación”, convocada por el Museo de Antioquia, la Revista Semana, la Alcaldía de Medellín y la Corporación Región, en la que se combinarán actividades de carácter artístico, académico y de deliberación, sobre esos temas.
Para el Centro de Fe y Culturas esta realidad es ineludible. ¡No puede una sociedad, que se auto-proclama católica y dice acoger la Doctrina Social de la Iglesia, construirse sobre semejantes ruinas! La realidad de las personas que están desplazadas de su lugar y hoy viven en penuria, exige de todos aquellos que acogen el mensaje de Jesús de Nazareth, una actitud de acogida y solidaridad; pero también una acción para que esa realidad ominosa no se repita y sean castigados por la ley sus responsables y reparadas sus víctimas.
Medellín, Agosto de 2008
ARTÍCULO PARA EL COLOMBIANO